Cuando la música se convierte en inspiración

Cuando la música se convierte en inspiración y la inspiración se transforma en historias es cuando nace Non-Girly Blue.

Somos un experimento literario conformado por mujeres amantes de las letras y la música. Cada quince días nos alternamos para recomendar una canción sobre la cual las demás non-girly blues soltamos la imaginación y nos inspiramos para escribir... escribir relatos, historias, cuentos, personajes y a veces hasta poemas. ¿Y por qué no pues?

[Publicaciones y canciones nuevas cada quince días]

20150518

El mausoleo

Por: Mariana Belloso




La escena era capaz de oprimir cualquier corazón: cuatro cuerpos se hundían, retorcidos de agonía, en lo que parecía ser un río, pero que me atrevería más a decir que era de lava, o de arenas movedizas, que de agua. El río manaba —¿o era absorbido?— por una pirámide cuya punta estaba en llamas vivas. De las cuatro víctimas veíamos los torsos y los brazos en alto, los rostros de dolor, el rictus de la angustia, menos en el caso de Ebeth, que permanecía impasible, y era el único que realmente parecía dejarse llevar por las aguas de alguna corriente plácida.

Los pobladores temían a ese monumento al horror. No se acercaban. Los demás sepulcros pululaban como un desordenado dominó alrededor del mausoleo principal, pero ninguno estaba a menos de diez metros de distancia de este. La pulcritud del monumento contrastaba con este aislamiento. Se erguía pulido y limpio, y en los atardeceres cercanos al solsticio de verano reflejaba el sol sangrante con una luz que aumentaba el espanto representado en el mineral labrado.

Recorrí el pueblo el primer día. Aquel amasijo de casas de lodo y varas de madera no era muy grande, pero la dificultad del terreno y el sol, aquel sol que parecía filtrado por una lupa en este árido punto, hacía que cada paso costara el triple que en otro paraje menos hostil. El recorrido fue prácticamente en vano, no encontré respuestas.

La historia me la repetían una y otra vez. Ebeth, el sabio, había vendido el alma al diablo, pero no sabían por qué. Riqueza siempre tuvo, y las ruinas de su palacete de roca en las afueras del poblado eran el testigo mudo de esa parte de la leyenda. Tampoco le faltaba amor, con una esposa, varias concubinas y un puñado de hijos de los que, sin embargo, nadie logró darme cuenta. Fue como si se los hubiera tragado la tierra después de la muerte del sabio.

No logré que me dieran pistas de los tres acompañantes de Ebeth en la efigie de roca de su enigmático mausoleo. Ninguna mención de quién o quiénes lo erigieron —los más ancianos me juraron que apareció de la nada—, ni si los restos de los personajes de las estatuas realmente estaban allí. Simplemente lo asumían.  

Yo estaba seguro  de la identidad de una de las figuras, la que representaba al más viejo: era mi abuelo, tal y como aparecía en el último daguerrotipo que se había tomado, con sus ropas de explorador, a finales del siglo XIX. De hecho, mi parecido físico con la escultura despertó la desconfianza entre los pobladores más antiguos con los que logré hablar. ¿Qué tiene que ver este inglés de bigote engominado con la figura que espanta por igual a niños y a adultos desde el centro del pueblo mismo? Yo tampoco tenía respuestas para ellos.

Tras una semana de preguntar y repreguntar, volví a mi única brújula en aquella búsqueda yerma: el diario de viajes de mi abuelo. Al menos, el último que escribió antes de salir hasta estas tierras. Lo teníamos nada más por la suerte de que se terminaran las páginas antes de este viaje en particular, para lo cual debió llevar uno nuevo. "Estamos preparados para una última exploración con un conocedor del terreno en particular. Los lugareños le llaman sabio y le tienen un respeto que raya con el temor. Williams y Mayhew coinciden conmigo en que esta vez encontraremos la pirámide. Esperamos contratar trabajadores del área y luego regresar con las pruebas. Eso nos facilitará conseguir fondos para continuar. 9 de junio de 1892".

No hubo más. Sin una orden del gobierno local —imposible de conseguir— no había forma de buscar los restos de mi abuelo en el antiguo cementerio. Nadie se dio por enterado de alguna pirámide cercana a ese rincón desértico. Nadie corroboró que se hubiera contratado a poblador alguno para la expedición. No había registros de la llegada de extranjeros. Nada.

La última noche me dirigí de nuevo al cementerio para despedirme de aquel espantoso montón de piedras en el que alguien —¿o algo— había esculpido el rostro exacto de mi abuelo, con una precisión que horrorizaba. Llegué a pensar que había sido petrificado en vida, con un gesto de terror o sufrimiento que a la fecha no logro olvidar. Me despedí con las primeras luces del día y me dirigí al desierto, ese que, con sus dunas y su silencio sepulcral, será quizá el único que supo lo que en realidad pasó aquel día.

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