Cuando la música se convierte en inspiración

Cuando la música se convierte en inspiración y la inspiración se transforma en historias es cuando nace Non-Girly Blue.

Somos un experimento literario conformado por mujeres amantes de las letras y la música. Cada quince días nos alternamos para recomendar una canción sobre la cual las demás non-girly blues soltamos la imaginación y nos inspiramos para escribir... escribir relatos, historias, cuentos, personajes y a veces hasta poemas. ¿Y por qué no pues?

[Publicaciones y canciones nuevas cada quince días]

20150213

Miss Cecile

Relato inspirado en "Let's stay together" de Al Green



Miss Cecile y sus caderas de mulata. Temblorosa, se mira en el esposo, suspira y se da un beso en el reflejo. Se da la vuelta y mira su pelo. Baila, contenta, pensando en besos robados, suspiros y flores. El frío entra por la ventana acariciando su piel.

Miss Cecile sigue mirándose, recorriendo sus años en forma de lunares, cicatrices, canas y marcas. Ve la ventana y la cierra para evitar que los fantasmas de sus recuerdos se le escapen.

Miss Cecile se viste, vuelve al espejo y adivina las curvas bajo su ropa. Curvas que antes provocaban miradas lascivas, curvas que ya no se ven sino en su mente.

Miss Cecile mira sus ojos, su piel. Canela, caramelo, nata oscura quemada por el tiempo. Vuelve a darse un beso y recuerda cómo antes eran otros labios que se posaban en los suyos. Recuerda los días de disco, lentejuelas y música.

Miss Cecile abre el closet y toma su vestido dorado de baile, sus tacones altos brillantes y se los pone en lugar del camisón. Del joyero escoje unas argollas enormes, tres brazaletes anchos y así lista, se mira al espejo y siente de nuevo el humo del estudio de aquella noche, el ronronear de los grillos en la oscuridad y esa voz ronca que la invitó a bailar. Sin sentir cómo, comienza a cantar y a girar de felicidad. El esfuerzo la cansa.


Mira qué encanto, por qué tan sola, quieres bailar, acompáñame,  vamos a platicar, cuéntame tu vida, solo vine a conocer gente, que quieres que te diga encanto, el encanto, ven conmigo, mírame y vamos a bailar, no conocía este lado de la ciudad, quédate conmigo, me tengo que ir, quédate solo esta noche, mira cómo brilla el vestido, son lentejuelas, este lugar es pésimo, sí, no me dejes sola, no, ven y escápate conmigo, sí, quiero ver este vestido más de cerca, ilumíname, quieres venir, ven conmigo, déjame solo, no me dejes sola, déjame ir, qué noche, quédate conmigo, vamos a bailar, ven conmigo, juntos para siempre, qué hermosos ojos, me encanta tu pelo, baila para mí, vamos juntos, bailemos juntos, déjame ir, no me dejes sola, sí acepto, miremos el mar, bailemos juntos, vivamos juntos, sí, quiero irme, no, déjame ir, no me dejes sola, por qué tan sola, quédate conmigo, siempre juntos, ya vine, no te conocía, luces bien, Cecile de mi vida, Cecile por siempre, adiós Cecile.


Miss Cecile recuerda. Miss Cecile duerme. En la bruma de sus sueños, ve la imagen de quién siempre la amo cuando los demás se iban. Miss Cecile mira su rostro en el espejo.


Amores

Escrito inspirado en la canción de Al Green - Lets Stay Together

por: Ivonne Veciana

---



Amores que crecen sin podarse. Despeinados, libres, largos. Acicalados de rutinas.

Amores deliciosamente equivocados, polvosos, lentos y un poco atrasados. Pendientes y en pausa.

Cariñitos lejanos, volados, volcados. Estirados en un mapa. Inquietos, telefónicos, escritos, enviados.

Escondidos, doblados, archivados. Intento de olvido. Amores delineados. Aceptados, crecidos, indefinidos. Infinitos.

20150211

Crisis

Texto basado en "Let's stay together" de Al Green.

Oda a un mal día.




Sabía que no saldría completa de aquella habitación, al menos intentaría salir de una sola pieza.

"Cerrá" - escuchó la voz del jefe - "sentate" - fue la siguiente orden.

Era difícil no ser autómata ante el enojo instalado en aquellos ojos, sabía que lo que discutirían es el trabajo atrasado, el trabajo poco creativo, el trabajo rutinario. Era difícil no obedecer. Era difícil conformarse. Le dolía la cabeza, no dijo nada, no escuchó sus pasos que dio desde la puerta hasta la inmensa mesa de cristal en medio de la sala. "Cristo, ampárame" logró pensar. Era lo único lógico y honesto que había pensado en todo el día.

Tener un mal día es lo más común. Lo que no es común es lo que sucedió a continuación. En sus manos traía una pequeña libreta amarilla, de esas genéricas para anotar ideas genéricas y para anotar, traía entre sus dedos un lapicero genérico. Se sentó.

No lograba escuchar lo que le decía el hombre, en su cabeza sonaba incesante la letra de la canción que la martillaba desde 48 horas atrás. Quería desesperadamente escapar.

Tomó su lapicero con la determinación necesaria para ignorar al hombre que la había citado para discutir su último texto. Jamás había trabajado de copy. Jamás lo haría de nuevo... con fuerza clavó el lapicero en su brazo izquierdo, acertando justo en la vena adecuada, a pesar del dolor y del grito del jefe, tuvo la buena voluntad de arrastrar la punta del arma, antes lapicero, y abrir de tajo el lugar por donde la vida se liberaría. Jamás estarían juntos, ella y sus textos. Jamás escucharía esa horrible canción de nuevo.

La sangre se esparció sobre el vidrio de la mesa... lo último que escuchó fue la voz de su jefe... "Vieja!".

---

"Cerrá" - escuchó la voz del jefe - "sentate" - fue la siguiente orden.

Let's, we ought to stay together




Let me say that since, baby, since we've been together

Loving you forever is what I need

Oh let me be the one you come running to
I'll never be untrue

Oh let's, let's stay together
Lovin' you whether, whether
Times are good or bad, happy or sad, alright, oh yeah
Whether times are good or bad, happy or sad


Como me encanta "Let's stay together" (1971).

Al ritmo y con los beats heredados de la carrera como baterista de soul, Al Green canta y enamora. Emociona con sus falsettos, de los cuales él dudada. Willie Mitchell, el productor, dice que la única vez que se peleó con Al Green fue por "Let's stay together", porque Al Green "no creía que iba a ser un hit" después de reescribir la letra en como 5 minutos antes de grabar. 

Pasó a ser número 1 como por 19 semanas y considerada la canción número 60, además de ser retomada en bodas y cenas de San Valentín porque, pues sí, es sobre el amor. "Incondicional" le llaman unos, yo le digo íntimo a esa característica de trascender las barreras de las circunstancias externas a cómo se ven dos personas, cómo estas entienden su relación. O, bueno, no sé; quizás me equivoco, pero creo que no debería de costar tanto quererse.

Y lo que aprendí de Quentin Tarantino en Pulp Fiction (1994), de la escena en la que vemos la espalda de Marsellus Wallace poniéndole condiciones estrictas a Butch (Bruce Willis), es que Let's stay together es más. Es tan buena, tan seductora que puede darle vida a muchos escenarios. "Pride only hurts, it never helps", le dice a Butch. "On the fifth your ass goes down".

Puede ser la canción que escuchás para despejar la mente al punto de que estás sola e invencible, puede ser el detonador de nostalgia y de afecto, puede ser la que bailás con alguien con quien compartís el buen humor, puede ser el motor de conservación y amor-propio o, al contrario, un momento de entrega y de dejar todo. ¿Quién sabe? Todo puede pasar.


20150210

"Goodbye Horses" - Q Lazzarus



          “A pos sin mucha dirección vos…” —le había confesado a la Cristina, su cómplice en los asuntos del corazón. —“La verdad es que me marcho sin mucha dirección, más que a donde me apunte la nariz.”—le dijo señalando al aire así con descuido con esa su nariz aguileña y desviada que heredó de su promiscuo padre, ese que nunca conoció porque así igual que el Carlos, el Arnoldo y la Cristina, había sido un polvo más en una noche cualquiera, y pues la vieja de su mamá, bien ubicada como era, tampoco anduvo detrás de ningún hombre. —“Es de tontos esperar”—le había asegurado la vieja entre cigarro y cigarro con una carcajada todavía repleta de dientes y vacía de amargura. Bien se acordaba el José, tendría unos sus cinco años cuando un domingo después de la Misa mientras compraban un sorbete de tamarindo de esos de carretón, que la vieja de su nana le heredó ese pedazo de verdad. La vieja, aunque vieja y sola, era feliz después de todo.

          El plan original, según se lo había dicho a la Cristina, era salir de madrugada. 
“Esperáte a que haya un poco más de claridá, vos, no seas loco...le había dicho, pero arrebatado como era, una hora antes o una hora después poco le importaba ya, total, había tomado la decisión meses atrás como para seguir dándole vueltas al asunto. “Mejor morir siendo santo que mártir”le había resonado en un recuerdo el consejo de su nana y pues la vieja sabía más por vieja que por diabla y como nunca se equivocaba, reparó el José que era mejor intentar vivir siendo santo que morir siendo mártir pues él no era ningún idiota para dejarse crucificar por causas perdidas, como el amor.

          “Vos siesque sos igualito. Igualito a mama Rosely. Así, todo arrebatado y desamorado.” —le había dicho la Cristina en un abrazo. —“Mira pues, si te vas sin dirección anqueseya desde un público llamás avisando questás bien, vos…” —y trataba de tragarse las lágrimas mientras le continuaba diciendo —“Igualito si decidís quedarte quedito por un rato, ahí merito avisás también pues. A vos te puede valer y puede ser que a la Rosely le importe lo que es un pedo, pero yo si me preocupo por vos cerote… Bien sabes que está peligroso allá afuera como para andar jugando a desaparecido.” —y lo apretó fuerte en un abrazo. Se tragó todas las lágrimas que pudo porque sabía que el José era peor que piedra y más que un abrazo, una putiada se iba ganar por andarle llorando. Le dió una bolsada de panes con huevo y un termo con café y cuando se hubo dado la vuelta el José, rapidito le dibujó una persinada, porque si la cachaba, una penquiada se podía ganar. Que era ateo decía el José y que esas “brujerías” de cruces y rezos y qué sabía el… que se los quedaran las viejitas de pueblo de velo en la cabeza. Que eso no era con él. 


          Se subió a la carcacha y prendió el motor. Prendió las luces iluminando el camino de tierra y se marchó. Ni volvió a ver para atrás. 


          Ya había recorrido mucho trecho sobre el camino asfaltado pues las marcas de polvo de las ruedas se hacían invisibles. Un sueño picante se le instalaba en los ojos.—“Ay mierda… bien tenía razón la Cristina en que durmiera una hora más… hoy ya ni modo, a hacerle huevos pues que el camino es largo y, anque sin prisas, a algún lugar hay que llegar.” 


          Y así siguió, avanzando y dejando kilómetros detrás, mientras la negrura del cielo se esfumaba entre colores bonitos, así como rosados y anaranjados, mientras la luna se iba haciendo cada vez más rala, desapareciendo lentamente sobre el camino interminable.

--

NGB.DA20150210

20150209

Repeticiones





El pasillo oscuro de la estructura abandonada no deja espacio para caminar a la par. Sus pasos y los de él intercambian ecos, unos tras de los otros en aquel espacio mínimo. Ella no quiere abrir los ojos y se guía por el oído: sigue el ritmo de su respiración y finalmente busca su boca. Un beso frío, cerrado, sin olor ni sabor. Él se aparta y las manos de Adalli ya solo tocan la pared, también fría.

Abre los ojos y busca de nuevo a  Olen. Una silueta que huye de prisa hacia la luz de una torre lejana. Su primer impulso es, una vez más, seguirlo. Pero esta vez se detiene. Esta vez, solo esta vez, no corre tras él. Llevan huyendo juntos ya, ¿cinco años? Y permanecer juntos es lo que les ha permitido sobrevivir. A Adalli la taladra la idea de que el instinto de supervivencia sustituyó, hace mucho, al amor. Ya antes se han despedido, ya antes han vuelto, ¿pero por qué? Para seguir viviendo, seguro, aquella vida que ya no sabía igual. Esta vez no será ella la que intente rescatar la alianza. Algo en ese beso le dice que es el último, y dedica esos segundos a tratar de grabar el sabor de esa boca adorada, antes de que desaparezca.

Aún puede verlo, alto y encorvado, caminando hacia la luz, pero ya llora su ausencia. Le duele su soledad recién asumida. Se da pena a sí misma allí, apoyada en el sucio muro. Lo ve y le sube un ardor por los brazos, la invade un dolor en el pecho, una pesadez en las sienes. Se va y no lo va a parar. Se va. Se le va.

De pronto le enoja la certeza de que aquello pudo haber pasado mucho antes. Reconstruye, en una docena de déjà vus, las veces que Olen intentó dejarla. Si nuca lo hubiera detenido hace tiempo que serían historia. De haber logrado sobrevivir separados, ya habría pasado el luto de sus ausencia, quizá se habría encariñado menos, ya no sentiría este espantoso dolor.

Trata de dejar de llorar y solo logra ahogar un adiós. Le duele la garganta también. Tiene las manos frías y suelta pequeños gemidos mientras lo ve por última vez. Debe buscar ahora refugio. Hay pocos lugares en este mundo para los desertores.
...

Aún está llorando al despertar. La pesadilla recurrente es igual de dolorosa que la escena que la originó. Trata de incorporarse para respirar, pero no puede. La cápsula del sanatorio es apenas lo suficientemente grande para permanecer acostada. Recuerda dónde está y todo lo que ha pasado, y la doblega comprobar que, pese al tiempo transcurrido, él sigue allí, doliendo. Haga lo que haga no logra hacer que se vaya, no se va, no se le va. 

Bagaje

Relato inspirado Goodbye Horses  

Desde que tenía memoria, la realidad de Clara estaba compuesta por dos mundos en armonía el uno con el otro. Levanta la mirada del cuaderno al vacío desde su pupitre en el colegio para ver el carrusel de imágenes de cosas que no existían, escenas de qué lo que va ser cuando sea grande (obras completas, con personajes bien desarrollados) que se colocan poéticamente sobre las acciones del día a día. Un tren con sueños, ideas, ficción y diálogos y a veces el tedioso trabajo de quererlo aterrizar todo en la tierra, sobre las acciones del día a día. ¿Cómo vivir con lo que uno tiene? ¿Acaso los viajes de nuestras ideas se deben abandonar o, al contrario, perseguir? Camina y camina, y pasa el tiempo, y los deseos y las pasiones cambian, mutan, aunque las imágenes y el tren incesante sigue avanzando. 

Avanzaba el tiempo y con él se iban los días pero se quedaban los recuerdos acumulados. Se complicaba el trabajo de disociarse de la realidad, pues el tren de ideas cargaba el pesado equipaje. Conversaciones, sensaciones, expectativas y videos no de lo que podría pasar eventualmente si él y Clara se volvieran a ver, ni de lo que habría pasado si no se hubiesen visto jamás; videos de lo que ya habían vivido y construido y compartido y abandonado. Hablábamos entonces de relaciones construidas en base a un pasado inagotable que, en la mente de Clara, se regaba y se mezclaba con el presente como una fuga de agua. Esta agua parecía ser invisible para todos menos ella, quien seguía tejiendo los mismos lazos antiguos. No se detenía cuestionar el proceso de seguir con una amistad basada en momentos pasados, ni tampoco dudaba de sus expectativas. Las cosas iban a ser como sus ideales lo dictan.

Más de una vez se tropezó el recorrido del tren con conversaciones vacías y se empezaron a formar baches de necesidades insaciadas. Hay amistades que mueren una vez se agota el recurso de los recuerdos. ¿Dónde pararse una vez se afronta la distancia entre la persona que eras y la persona que eres? Las conexiones verdaderas sobreviven los estragos del tiempo.

Se despertó un queriendo llenar los vacíos que dejó el tren de ideas preñadas. ¿Qué garantía existe? No podemos adivinar qué va a sobrevivir el tiempo ni predisponernos a romper nuestras propias promesas, pensó Clara desde su cama. En vez de vivir casada con ilusiones lejanas, Clara se comprometió con aceptar lo que fuera recibiendo y creciendo.

20150205

Robinson Snake

Relato inspirado en "Goodbye Horses de Q Lazzarus"


El Bulevar de Las Luces estaba lleno a esa hora, repleto de gente que quería salir. Salir un día de semana sin encontrar tráfico era un lujo. Ese miércoles no fue una excepción. Manejó aburrido por la avenida Principal, pasando por la calle llena de evangélicos esperando su milagro a cambio de su diezmo, vio a las escolares esperando el bus, a oficinistas con cartapacios y lentes negros, mujeres hastiadas queriendo vender galletas y chicles en las esquinas y después de varios minutos en carretera, llegó al portón de la colonia de militares donde vivía.


Allí estaba el Tata, tan amargado y serio como siempre. No sabía más que dar órdenes, gruñir a la gente y perseguir toda falda que se moviera. De vez en cuando tenía una sonrisa para él, pero últimamente era raro verlo sonreír. Que si el Pueblo lo iba a apreciar, que si la gente entendía la magnitud de lo que estaba haciendo por ellos, que si su familia no entendía que era un sacrificio por la patria abandonar la vida en la casa para servirle bien a la bandera, carajo.


Hablar con el Tata lo hostigaba, hacía que quisiera salir de allí. Eso mismo hizó esa noche: ir a la Zona Rosa, el lugar más brutal de la ciudad, donde se reunían los que sabían disfrutar la poca vida nocturna que había en ese lugar de mierda.


Pensó en qué llevar para impresionar. Impresionar era todo lo que le importaba. No quería que la sombra del Tata lo opacara, brillar con luz propia era su intención. Se vistió, despacio, disfrutando cada vuelta y beso hacia sí mismo esa noche. Abrió la puerta hacia el cajón de armas del Tata y buscó. Sabía que la llave la escondía abajo del asiento de su escritorio, ese sillón viejo de cuero y madera oscura que tenía un fondo falso abajo de la parte tapizada. Tomó la llave y sacó un revólver con mango de marfil, muy pequeño. Se podía esconder bien en la cangurera que llevaba en la cintura. Les gustaría verlo, daba gusto verlo y era muy antiguo. Les podía servir de modelo para su logo. Lo guardó entre su pañuelo antes de descargarlo. Después se acordó que no había terminado de arreglarse, sólo se había vestido.


Se amarró las cintas de los zapatos para no caer y los lustró bien por la noche para verse deslumbrante. Ese blanco en sus pies era lo que hacía falta para verse como quería. Sus pantalones con triple lavado, la cangurera lista, la chaqueta con pines, su camiseta en amarillo neón... todo estaba perfecto. Un toque de gotas de Drakkar para el toque seductor y Dep en el pelo no podían faltarle, porque estaba reservado para los guapos, como él.


Entró al salón y la luz lo deslumbró. El aire apestaba a cigarros y sacó el suyo, porque tenía que impresionar. Había aprendido a sacar el humo por la nariz, eso arrancaba suspiros de admiración de hombres y mujeres. Escogió una de las mesas de afuera del Méditerranée, esperando a los demás. Al rato fueron llegando, y allí estaba Rosalía. Con su pelo en cascadas negras, su vestido blanco con lazo rosa y aretes de perlas. Le encantaba verla con esos aretes.


Cuando ya estaba completo el grupo, les contó del acto musical que pensaba armar y por supuesto, quería que Rosalía fuera la vocalista. Se llamarían Robinson Snake y tenía el modelo perfecto para la portada de su disco nuevo, el dinero para el dibujante bien se lo iba a poder pedir al Tata diciendo que eran para los libros de la Universidad que iba a empezar en dos meses. Carlos le aplaudió, dijo que era buena idea y que luego podrían reunirse en su casa para tocar. Adrián se rió y el Rafa protestó porque el nombre sonaba gringo. Pero hubo una voz que no se dejó escuchar.


Puso el revólver en la mesa contando que esa iba a ser la cara de su disco. Saboreó ese suspiro largo de impresión. Miró la cara de Rosalía. No sonreía. ¿Y si lo había arruinado todo? Seguro pensaba que era como el Tata. No, no podía pasarle otra vez. Miró a Rosalía, pidiendo su opinión. Quiso oírla, pero los gringos de la mesa de al lado no lo dejaban oír. ¿Qué era ese ruido? Rosalía no decía nada, pero tenía los ojos muy abiertos. Todos se levantaron. Algo habían visto.


Rosalía gritó.


"¡Tenían un arma aquí! ¡Yo lo ví, éste es el hijo del Coronel!"


No alcanzó a decirles que no, que el Tata no tenía nada que ver con él, que no era como él. La vida se le fue a borbotones a través de ese hueco que la paranoia de otro le dejó en la garganta y no pudo terminar de arrepentirse.

20150203

Q Lazzarus y sus caballos

"Goodbye horses" es, como bien dijo Flor cuando definíamos la canción de esta semana, un "one-hit wonder", un éxito de la cantante estadounidense Q Lazzarus, que lastimosamente no se repitió en ninguna de sus otras obras.
También es una de esas canciones que uno no sabe que ha escuchado... hasta que la escucha sabiendo cuál es.
¿Una pista? ¿Recuerdan la imagen de Buffalo Bill bailando frente al espejo en "El silencio de los inocentes"?


Pues esa es la canción que baila mientras está travestido y lanza su frase de culto: "Would you fuck me? I'd fuck ... I'd fuck me so hard".
Muy aparte de esta escena en particular que hizo famosa a la canción en 1991, la rolita fue lanzada en 1988, y es un deleite para los sentidos.
La letra de la canción es enigmática y triste. La musicalización es muy rica, el bajo tiene mucho del toque ochentero que usaron grupos como Duran Duran y The Cure, pero con una composición que la hace única.
Los invitamos a escuchar desde ya esta excelente canción —les recomiendo la versión extendida—, y a esperar los relatos que publicaremos las Non Girly Blue inspiradas en ella.



Pro tip: Si usted es amante de los juegos de video, recordará también esta canción como parte del soundtrack de Grand Theft Auto IV.


Lo que ya tenías

Cuando regresó del viaje, sacó la llave del pantalón con la mano derecha mientras dejaba en el suelo su maletín con las pocas prendas que se había llevado.

No había terminado de introducir la llave en la chapa cuando ésta se abrió. "Bienvenido", escuchó detrás de la puerta y sonrió.

Terminó de correr la puerta y la vio. Con un vestido claro muy escotado para esa hora de la noche; pero que a él le encantaba porque le destacaba sus dos atributos favoritos de ella: los ojos y los hombros. Lo que más extrañaba de su cuerpo cuando viajaba.

Se dieron un beso largo en la puerta, entró hasta la sala y se dejó caer en el sofá muerto en vida por semejante viaje en carretera. Siempre que regresaba juraba no volver a hacer ese viaje por tierra; pero siempre terminaba inventando excusas para ir a los países vecinos a hacer lo suyo: cuestionar el sistema educativo y buscar librerías de segunda mano que casi vaciaba -igual que su billetera- y regresar con más peso en la maleta del que sentía en el alma.

Rachel terminaba de preparar la cena entre la cocina y la mesa del comedor mientras Tomás sacaba del maletín arrastrado hasta sus pies lo que había comprado para ella, metiéndolo en la bolsa de su pantalón.

Se sentaron a comer mientras él platicaba de sus recientes experiencias entrelazando situaciones, nombres y lugares. No terminaba de contar una historia cuando ya había comenzado otras dos. Ella lo veía sonriendo de lada mientras pensaba que la pasta había quedado un poco seca, que quizás le ponía más salsa y qué lástima que no había encontrado hongos frescos en el mercado porque le gustaba más la salsa blanca que la boloñesa para esos espaguetis pasados de calor.

Tomás ignoraba que ella divagaba entre su pasta recién hecha, el vestido que le estaba causando frío en la espalda, las veces que él le había llamado en cada uno de sus viajes y todo lo que se le estaba atorando en la garganta por decirle.

Él hablaba y hablaba de Nicaragua, Comparaba Managua que le resultaba profundamente árida y aburrida con Masaya y Granada que le hacían sentir en otra época. Y quizás eso le aliviaba. Comentaba del queso trenzado y de la horchata con hielo que le regalaba la señora cerca de su hospedaje, de sus compañeros asesores que siempre terminaban buscando bares nudistas en cada pueblo; pero que él no iba y así sucesivamente cada detalle de sus aventuras como director de la nueva propuesta educativa que trataba de implementar en las escuelas de la región y esperaba que Nica le diera más suerte que el desastre vivido en Guatemala por la negativa del Ministerio de Educación a reconocer como lenguas oficiales la cantidad de dialectos indígenas, además del castellano.

Rachel acomodaba su cabello castaño sobre un hombro y sobre el otro y se levantaba a dejar y traer vasos y platos a la cocina que iba apilando al lado del garrafón con agua. Pensaba que cuando lo compraron con Tomás apenas tenían unos meses de iniciada su relación y habían peleado por el color del grifo plástico para el agua embotellada. Ella quería el azul y Tomás quería el gris. Compraron el celeste.

Se apoyó sobre el lavaplatos y respiró profundo. Él la llamó al ver que no regresaba a la mesa. "Rachel, amor... nena, Rachel...", escuchaba ella pensando que siempre había odiado su nombre y más desde que se instaló en el país. Por él, con él, en su casa, abandonando su vida apacible en San Francisco como maestra de kinder. Adoraba el acento con el que pronunciaba ese "Rachel". No era ni el sonido de la ch, ni el sonido de la q. Era una mezcla suave que solo Tomás sabía pronunciar para derretirle la vida.

Se asomó por una columna de la cocina para responder a sus llamados con la misma sonrisa de enamorada que tuvo para él desde el principio. Sus brazos cruzados sobre el abdomen solo se separaban para seguirse acomodando el cabello mientras desatascaba las palabras de su garganta.

Con un pie arrastró una maleta hasta quedar entre ella y la columna de la cocina. Cuando Tomás se fijó en ese movimiento, al fin calló. "¿Qué pasa nena?" preguntó sintiendo la adrenalina previa a morir en el campo de batalla.

-"Dejé mi país por ti, mis niños del kinder, mis padres, mis amigos y la beca que me habían dado para el doctorado..."

-"Pero dijiste que no te la habían dado. Eso fue hace tres años y..."

-"Fuiste mi prioridad. Por eso no dije nada. Quería darme la oportunidad de venir aquí. Contigo"

-"...Sí; pero...¿no eres feliz?"

-"Te amo"

-"No entiendo"

-"Que también me dejé a mi. Te veo ir y venir llenándote de lo tuyo. Luchando por tu causa. Riendo y sufriendo con tus amigos que respiran su causa igual que tu. Yo no tengo nada de eso"

-"Pero podríamos hacer que..."

-"No va a funcionar"

-"¿Hace cuánto pensaste ésto?. ¿Esto es por mi?"

-"Hace varios meses. Claro que es por ti; pero no por sentirme mal, es porque me causa envidia no poder sentirme tan bien como tu y necesito buscar lo mismo. Y sé que no es aquí".

-"¿Te pusiste mi vestido favorito para irte?"

-"Quería recordarnos así. Cenando juntos. Gustándonos", dijo mientras sacaba de un llavero su copia de la llave y poniéndola sobre el desayunador.

-"Esta también es tu casa"

-"No. Y es parte del problema. Me sumaste a tu vida hecha. Nunca pensaste en construir una nueva juntos. Una para los dos. Solo me sumaste a lo que ya tenías. Como algo más".


-"Nunca fue mi intención..."

-"Ni la mía". Se acercó para besarlo en la mejilla. Pero Tomás se inclinó y la besó en la boca. Se quedaron quietos sintiendo ese beso mojado con sal. Él intentó levantarse; pero las piernas le temblaron. Esa mujer perfecta caminaba en dirección contraria y no era capaz de detenerla. Se preguntó si así como él había roto un corazón hace años, le estaría pasando lo mismo. Si ese momento era un recordatorio del daño que él había hecho antes.

Sacudió los pensamientos cuando escuchó el sonido de un motor y vio un reflejo amarillo que le hizo suponer era un taxi. Vio la mesa servida. Todos eran platos que le encantaban y no se había dado cuenta. ¿Cuántas cosas más había hecho por él sin que se diera cuenta?. "Solo me sumaste a lo que ya tenías..." repicó en su cabeza una y otra vez. "A lo que ya tenías...a lo que ya tenías... a lo que ya tenías..."





20150126

"Red Right Hand" - Nick Cave & The Bad Seeds


          Catorce diamantes. Catorce putos diamantes repartidos en una carta de 6 y otra de 8. Quizá. Quizá tenga juego. Es una mano para rechazar, pero aún así no lo hago, no sé porqué no le hago caso a ese gusano en los intestinos que salta cuando ve cartas como esas y me recuerda que retirarse es también parte del juego. Esta vez no le hago caso y le subo el doble al juego.

          “Ocho trébol”
          “Cinco diamantes” 

          Doscientos mil dólares revueltos por toda la mesa entre fichas, cheques y bloques de billetes de a cien… De todo ese desorden, son esos billetes los que me hipnotizan y me seducen… Hay algo en ellos que hace que me gusten más que las fichas negras, más que las rojas y las azules… esos billetes son tan… verdes, tan… livianamente irreales… 

          “Reina de corazón” 

          El corazón se me detiene al ver a ese corazón en la mesa latiendo amenazante. Siempre he salido corriendo ante la posibilidad del riesgo, mi instinto me llama a huir, pero esta vez ¿para qué?. Ya me cansé de figuritas “aceptables” y “partiditas o.k.”, ya estoy harto de “salir tablas” en el mejor de los escenarios después de 13 horas de juego. No, no esta vez, no saldré corriendo como nena primeriza. O lo gano todo o lo pierdo todo.

          “All in” 

          No dice nada. Es un experto pokerface disfrazado de humor y jovialidad entre cigarro y tragos de whisky. Es genial, realmente genial el cabrón. Mientras yo por dentro me vuelvo estatua, congelado por los nervios, Rodrigo es el perfecto anfitrión que sabe derrochar entusiasmo. Me mira incrédulo, sonríe de lado y coloca todas sus fichas restantes en la mesa en un ademán casi solemne y respetuoso. Se reclina sobre la silla, toma su vaso de whisky y bebe con la confianza del que avanza sin prisas.

          “Cuatro diamantes” 

          Las cartas caen tan lento que parecen una burla descarada a mi impaciencia. Trato de controlar la ansiedad detrás del desdén, de la indiferencia. Prendo un cigarrillo, miro el reloj y de reojo trato de contar cuánta plata hay en la mesa… no sé, pero es mucho, demasiado dinero para mis matemáticas mentales. 

          Un ruido detrás de la puerta de entrada me saca del trance. Un destello en la mirada de mi anfitrión. Me sobresalto viendo hacia todos lados del salón.

          “¡Mierda!”

          Me encerré tanto en el juego que olvidé prestar atención al lugar. Más ruidos detrás en la puerta de salida. Me pongo de pie en señal de alerta, de repente, un golpe por detrás y una luz en mi cara, directamente en mis ojos.

          “¡Mierda! ¡Maldito Rodrigo hijo de pu— ”

          Una lluvia de fichas y de billetes cae por todo el salón. Caigo al suelo, las manos detrás de la espalda. Sin poder hablar, sin poder decir nada. Rodrigo se agacha a  mi lado y sonríe mientras me muestra la última carta: Una placa de policía. Resoplo de resignación. 

Una carta cae a mi lado derecho, la última que necesitaba para ganar en un straight flush: un siete de diamantes.



--

NGB.DA20150126

Apetito

Decidió que haría solo aquello que le gustara de verdad. Era su forma de vivir en libertad. 

El reloj marcaba las 11:45 y la mañana se le había ido en adorarse así misma, se había bañado y con malicia íntima había untado crema en su piel. Con esa frescura propia de las mujeres amadas se dispuso a cocinar.

Mario llegaría pronto y traería hambre. Ella tenía hambre también.

Encendió el horno para que se fuera calentando, en algún lugar había leído que debía estar a 180°C, no hizo caso a la indicación y lo puso a 200°, era una forma de rebeldía, nunca seguía al pie da la letra las recetas que encontraba en los vericuetos de los libros y del internet. Nunca le había gustado seguir recetas y reglas. 

Preparó la tabla de picar y el cuchillo, sabía que su sable estaba desafilado, el uso lo tenía gastado, pasó cuidadosamente la yema del dedo sobre el filo y pensó "todavía aguanta", acarició la superficie de la tabla de picar, sintió las marcas de tantas batallas, sus dedos le dibujaron muchas historias de almuerzos y cenas preparadas. Una forma de amar es cocinar. Amor a sí misma, amor a los que se sientan en su mesa.

Sacó de su refrigeradora unos zuccinnis, queso y huevos. Picó los primeros y cuando estaban en un plato hondo quebró los huevos, sintió fascinación ante el crujido de las cáscaras quebrándose, pensó que así se ha de oír cuando un alma deja su cuerpo físico, una forma de muerte, una forma de vida también. 

Mezcló todo aquello, los colores brillantes uniéndose, luego puso sal y pimienta, porque la vida es así, hay que ponerle algo para que los sabores resalten, para que de gusto vivirla. El horno estaba caliente, untó mantequilla en un molde, justo como se había untado crema minutos antes, con la misma malicia, con el mismo candor. Puso la mezcla en el molde y lo metió al horno.

Debía apresurarse, Mario estaba de camino, hacía calor. Los sábados se estaban haciendo demasiado cortos, o sería que ella extrañaba tanto al hombre que dormía con ella ocasionalmente, que las esperas se habían transformado en pequeñas torturas. Ella no entiende, no entiende muchas cosas. 

Sacó unos tomates y albahaca, abrió una salsa tenía todo preparado, cuando la mezcla se empezó a dorar la sacó del horno, humeaba y a ella le pareció que el humo la invitaba a bailar. Mientras enfriaba un poco, hizo rodajas con los tomates y despenicó las hojas de albahaca, todo olía a sol. Puso la salsa de tomates sobre la base dorada luego los tomates, albahaca y más queso. Metió de nuevo el molde al horno y se quedó viendo la incandescente prisa del horno por transformar todo eso en algo comestible.

Silencio. Eso es lo que más le gusta a ella de cocinar... el silencio en el que puede distinguir el tiempo, los procesos y las transformaciones. Ese silencio que es capaz de saludar con el leve crujir de las cosas al cocinarse. 

Silencio. Una llave se desliza en la primera cerradura, es el portoncillo del pasillo, sabe que es Mario que va llegando, En los breves segundos que tarda él en abrir la puerta del apartamento, ella abre la puerta del horno y Mario la encuentra enfundado en su vestidito azul, las piernas desnudas y descalza, sacando lo que ha preparado para el almuerzo. No se dicen nada, ella le da la espalda mientras hace equilibrio para no botar el molde que pone en la tabla de picar, cierra el horno y para entonces él está parado justo detrás de ella, pone sus manos en la cintura de ella y se sumerge en el olor fresco de su cabello recién lavado. Ella cierra los ojos y coloca su mano tibia en el cuello de él, exponiendo su cuello a su beso. No dicen nada.

Silencio.

La pizza de vegetales se enfría, mientras ellos van al cuarto. Ambos tienen hambre.