Cuando la música se convierte en inspiración

Cuando la música se convierte en inspiración y la inspiración se transforma en historias es cuando nace Non-Girly Blue.

Somos un experimento literario conformado por mujeres amantes de las letras y la música. Cada quince días nos alternamos para recomendar una canción sobre la cual las demás non-girly blues soltamos la imaginación y nos inspiramos para escribir... escribir relatos, historias, cuentos, personajes y a veces hasta poemas. ¿Y por qué no pues?

[Publicaciones y canciones nuevas cada quince días]

20141216

La única forma

Relato inspirado en "Learning to Fly" de Pink Floyd





El aire tenía un olor salado, el viento frío y las piernas me dolían. Eso que hice fue lo más idiota que pude hacer, eso y ponerme a pensar que podía hacerlo. Abrí los ojos y ví el cielo. Todo estaba allí: las torres, los ojos de miles que veían hacia abajo y las canciones. Todas esas canciones, voces, hablaban, decían, lloraban, reían. La cabeza me iba a estallar. No había luz, sólo sombras. ¿Dónde estaba? Sentía dolor, no podía ser eso. Los párpados pesaban, no había más que esa infinita arena y el viento, más viento. Y la arena. No me gustaba la arena.


La ví caer. Cayó lentamente sin ruido después de cerrar los ojos. Corrí hacia ella pero era tarde. Iba rumbo al agua, el aire la abrazó y la llevó al mar. 


Polvo y más polvo. Luego el viento, más frío. Como pude, me levanté, estaba sola. ¿Dónde estaban todos? Una gaviota volaba sobre mi cabeza . Sentí escalofríos y siguió molestándome el dolor de piernas mientras la gaviota volaba cada vez más bajo. Con un soplido, se deslizó sobre la arena a mis pies y tuve la impresión que me miraba. Ese animal sin gracia no despegaba sus ojos amarillos de mí y yo sólo me preguntaba qué hacía en medio de la nada, en plena noche. A lo lejos, la luna dejaba una estela de plata sobre el agua. No había olas.


Primero fueron las risas, luego las bromas y después la seriedad, esa mirada que me decía que hablaba sin ninguna duda y que lo pensaba hacer. Que era la única forma en que se sentiría valiente, que las alturas no eran nada si había algo adonde aterrizar abajo, me imaginé que estaba haciéndose la chistosa, que bromeaba. Estaba tan equivocado. Si hubiera sabido que no bromeaba, hubiera hecho algo, la hubiera dejado en casa ese día, no sé, la hubiera encerrado en su cuarto, hubiera hecho todo diferente.


Algo me dijo que podía alargar la mano y la gaviota no se iba a ir. Así fue. Pude poner mis dedos sobre su cabeza, no dejaba de verme. Sentí calor al tocarla, la tomé entre mis manos y me pareció tan suave que la abracé. Más calor. Ya no estaba oscuro, la arena se sentía más seca y sentí punzadas en el brazo, unas ganas horribles de llorar y menos dolor en las piernas. No lloré.


Creí que la iba a perder esa noche. Cuando la recogimos, estaba tan fría... Apenas respiraba.


Tenía más arena en las piernas que antes, podía sentir cómo picaba, la gaviota se movía en mis manos y no quería soltarla, me hacía compañía en ese lugar tan solo. Sonaban de nuevo las voces. Cantaban, susurraban. Volvió de nuevo ese frío y al final la gaviota se fue cuando comenzó a llover. Lo más extraño era que llovía sin ruido, no habían truenos, ni ruido del agua al caer sobre la arena, ni las olas sonaban con su arrullo. El cielo ya no era gris, sino de un profundo negro, nubes y más nubes, más oscuro. Volví a sentir punzadas, esta vez en las piernas.  Las voces se callaron. El único sonido era mi respiración, agitada con cada segundo, sin entender nada. La oscuridad me sofocaba, el silencio me aterraba, ese vacío, la soledad, todo  a mi alrededor sofocaba y daba miedo. La maldita gaviota ya no estaba, me había quedado completamente sola. No veía a nadie.


Nunca la había visto así. Ese día pasó de estar bailando sobre la arena a estar tendida sobre ella, de la peor manera. Le dije que sólo los pájaros volaban. Sus pies, tan pequeños, se hicieron nada cuando saltó. Ni siquiera los ví cuando iba cayendo.


El viento seguía, más frío. La lluvia se convirtió en escarcha, caía sobre la arena dejando manchas de agua y cristales en mi pelo. Pensé en buscar un refugio, algún lugar donde poder guardar el poco calor que me quedaba. Comencé a caminar, a correr y así pensé que entraría en calor. Seguí hasta que no pude más, las piernas me volvían a doler. Ví una roca enorme, con una gruta y entré porque allí al menos no me mojaría y podría esperar a que pasara la lluvia y la escarcha. Me senté a esperar, volvieron las punzadas. Y el frío. Y el miedo. Y esa oscuridad que no me dejaba ver ni sentir nada. No me quería quedar allí, necesitaba salir. Quería salir. Oí un ruido más adelante y me levanté, buscando algo distinto a toda la negrura y el frío. Ví un punto blanco y un aleteo. "No puede ser". Era la maldita gaviota, mirándome con la misma cara demente, esperándome. Caminé hacia ella, ví algo de luz y se levantó, volando bajo. La seguí, la luz se hacía más fuerte. Me sentía cada vez más ansiosa, más nerviosa, buscando sentido a todo: a las voces, las sombras, el frío, el viento, el agua, la arena, a la nada. La gaviota seguía volando y la seguía, paraba si yo me detenía. Quería que la siguiera. El lugar donde me había metido tenía una salida y había luz. No me importaba donde fuera, lo que quería era ver luz, alguien a quién preguntarle dónde estaba y por qué había terminado allí. No entendía.


No sé por qué saltó. Era uno de esos días en los que había amanecido de buen humor y no aparentaba tener otra de sus euforias. Cuando pasó todo, temí lo peor, pero respiraba. Estaba bien, dentro de todo. Las inyecciones no la reanimaban, la fractura de su pierna lo complicaba todo, creíamos que no reaccionaba por el dolor. Respiraba con dificultad y seguía lívida. 


Ví a la gaviota, escuché el aleteo con el que aterrizó al borde del abismo. Entendí lo que tenía que hacer. Estaba claro. Tenía que salir de allí de la misma forma en la que entré. Sudé de miedo, respiré profundo a bocanadas y corrí, sintiendo el viento de la caída bajo mis pies. Un grito salió a medias de mi garganta. No grité.


"Estúpida, mil veces estúpida. No me vuelvas a hacer esto. ¿En qué estabas pensando?"


Acostada, sentí sus lágrimas en mi hombro y ví su ridícula camiseta blanca con ese medallón que le regalé. Las luces del cuarto me cegaron un rato, pero al fin lo ví, tan llorón como siempre. Suspiré.

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