Cuando la música se convierte en inspiración

Cuando la música se convierte en inspiración y la inspiración se transforma en historias es cuando nace Non-Girly Blue.

Somos un experimento literario conformado por mujeres amantes de las letras y la música. Cada quince días nos alternamos para recomendar una canción sobre la cual las demás non-girly blues soltamos la imaginación y nos inspiramos para escribir... escribir relatos, historias, cuentos, personajes y a veces hasta poemas. ¿Y por qué no pues?

[Publicaciones y canciones nuevas cada quince días]

20140516

Dulces

Salió de su trabajo caminando mientras pensaba en llegar a casa para hacer la comida. Llegó a la esquina revisando su cartera porque era costumbre que siempre dejaba algo olvidado en su cubículo. Metió mano en todas las bolsas:  llaves, pintalabios, un billete enrollado y escondido por seguridad, una tarjeta de presentación de aquel tipo de corbata elegante que la entrevistó para el último trabajo al que aplicó, unas monedas, varios dulces y una foto. La sacó pensando que era de ella; pero era la primera foto que tomó a su hijo cuando entró al kinder. Sonrió.

Cruzó la calle para esperar el transporte público del otro lado y recordó los buses de aquel país al que llegó por esa oportunidad de trabajo que terminó muy mal.

Recordó el placer del transporte moderno, decente y hasta con aire acondicionado. Las paradas de buses identificadas por números, letras y colores. Cada una con un mapa interactivo donde resaltaba la ruta de esa unidad en particular. "Nunca me perdí" -pensó mientras contaba las monedas en la mano para no perder tiempo. Los buses de esa nación eran todos brillantes, como nuevos. Todos con una voz electrónica interna donde van anunciando las siguientes estaciones y hasta piden disculpas si se atrasan tres minutos.

Contaba monedas a la orilla de la calle y sonreía viendo la foto de su hijo cuando llegó el bus. Una lata destrozada por el óxido, con una sola puerta imposible de cerrar, vomitando gente por las ventanas, inundando su nariz con humo negro y apenas frenando a dos metros de la cuneta. Como pudo, logró subir de dos zancadas y se sentó junto a una ventana que intentó abrir y solo logró herirse con una lámina suelta.

Pensó que el día finalizaba tal y como inició: fatal.

Decidió cerrar los ojos e imaginar los dos bracitos que la esperaban en casa. Pero su mente no estaba del todo convencida. Su realidad se mezclaba con el recuerdo de ese viaje que tuvo que haber sido solo de ida. No recordaba en qué momento tomó la decisión de hacer caso a su billete de avión para volver en la fecha que indicaba. No estaba segura si fue miedo, nostalgia o simple falta de carácter el tomar una decisión espontánea, contracorriente, loca... como siempre se sintió.

Tapaba un pensamiento con otro. Acumulaba capas y capas de razones hasta hacer un gran muro que derrumbaba con la carita de su hijo y luego volvía a construir una y otra vez para tratar de encontrar una explicación a la vida en pausa que llevaba. A la avalancha de cambios repentinos que aún no lograba entender.

Haber viajado le había abierto los ojos al mundo que siempre quiso conocer, que logró tener entre sus manos y por no saber tomar decisiones, había perdido en un segundo. Ese mundo lejano que siempre sintió que merecía. Salir de aquel hotel maravilloso camino al aeropuerto para su viaje de regreso había sido como el caminar de un condenado a muerte, sacado de su celda amarrado de pies y manos y llevado directo a un final donde dejaría de respirar. Así regresó.

Se tocaba el vientre una y otra vez para estar segura que algo se movía dentro y era suficiente razón para no decir nada y simplemente volver a casa, donde todo sería menos difícil. No estaba segura de poder ella sola con lo que venía. No estaba segura de querer que ese futuro creciera con etiquetas tan duras y lejos de sus abuelos. "Las de aquí son más llevaderas" - se dijo a sí misma para aliviar sus dudas por un segundo más.

- "Mami, mami!"
- "Hola mi amor!. Mirá, te traje de los dulces que te gustan"
- "¿Los de chocolate?, ¡Dame, dame!"




20140506

Mi heroína... que diga, mi pick de Lou Reed

I don't know just where I'm going
But I'm goin' to try for the kingdom if I can
'cause it makes me feel like I'm a man
When I put a spike into my vein
Then I tell you things aren't quite the same

When I'm rushing on my run
And I feel just like jesus' son
And I guess I just don't know
And I guess that I just don't know


Entre más humano, más me gusta. Me gusta la luz natural en las fotos y lo audiovisual, y me gusta la riqueza de detalles en lo autobiográfico; y también los escenarios contemporáneos, algo con lo que me pueda relacionar contado desde un punto de vista ajeno al mío. Es quizás por eso que me enamoré de The Velvet Underground y de la música de Lou Reed. Esucho en sus sonidos asimétricos y melodías sesenteras algo tan espontáneo como cuando escuchás una anécdota o te perdés en una plática; música que viene de algo cotidiano, algo que yo comparto. Esta música con las historias de las que no hablás en público fueron como una droga, cuando me agarró por ponerme los audífonos y salir escuchándolos; eso y a Nico.

"Heroin" no es mi favorita, pero no está lejos en la lista de mis preferidas de The Velvet Underground. Me enciende, como con ironía trágica porque el título no es tan alegre como lo es "Perfect Day" o "Who loves the Sun". Al contrario, todo el contenido supone un escenario de entrega y pérdida, con palabras que lo ponen más y más en evidencia aunque la música vaya encendiéndose y no decreciendo. Y la voz de Lou Reed y el crescendo de la melodía, que al final se despoja de la tranquilidad y termina en chillidos que hacen que mi suegra quiera que alguien ya quite eso... Es una manera muy seductora de contar la misma historia, una historia que no comparto pero me puedo imaginar a medida me dan ganas de cantar 'cause it makes me feel like I'm a man / When I put a spike into my vein.

Ahora, a ver qué nos hacen escribir esos 7 minutos de heroína.

Douleur exquise

Suena a cliché decir que uno se puede hacerse adicto al dolor, algo casi igual de trillado que aquella frase de "todo pasa por algo". Cliché o no, es posible entretener una relación masoquista con el abuso, como con otros vicios.

Audrey trabajaba en una boutique sobre la Rue des Archives, ubicada estratégicamente entre Hôtel de Ville y Le Marais. Vendía cosas chic, como para sentir que ella también pertenecía al estrato social alto que beneficia de todo lo que París puede ofrecer. Era una de sus habitudes o costumbres, fingir que todo estaba bien, mezclándose de 10 a 5 con la atmósfera distinguida y alternativa parisina. Había construido suficientes costumbres, acciones de su día a día que funcionaban como déjà-vus entrecocidos.


Primero, era levantarse, de lunes a viernes. Se obligaba a hacerlo, eso de salirse de la cama a una hora estable; no como cuando era estudiante y podía fundirse en el colchón y apagar la alarma. Sin el trabajo en la boutique no podría seguir adelante; debía siempre hacer el esfuerzo contra sus predisposiciones haraganas y salirse. Salirse y obligarse a despertar con agua fría, y abrigarse, la mayor parte del año; bajar de su edificio número 89 Rue de la République, pasar comprando café y croissant, llegar a abrir y cumplir su función de vendedora/cajera de estilo y je-ne-sais-quoi, en su papel de que de verdad le importaba. Mientras parecía ser simplemente frívola, producto enlatado de lo moderno y de moda, con esa herencia cultural típicamente rica en arte y música que se refleja en la estética parisina mundana, en realidad sólo era apatía. Todos los días, el déjà-vu apático por debajo de su trabajo irrelevante. Y cuando se fumaba un cigarro, fuera de la tienda, en sus ratitos libres, sólo se hundía en la indiferencia que todo le provocaba, entre semanas.

Saliendo del métro con la baguette debajo del brazo, llegaba a su apartamento, y buscaba entretenimiento en la Tele vieja, como esa caja de la telefonía venía con Interenet y cable; y comía alguna cosa sin esfuerzo, y a veces había vino. Variaban más sus costumbres por las noches, como si lo oscuro extendiera aún más su privacidad y le abriera paso a los baños largos con agua caliente, la lectura acompañada de tabaco. A veces se le ocurría incluir a un gato en este escenario, pero se contentaba con poner música. Se entretenía con ella misma, y con su sensualidad y apetito sexual, algo que su apatía no había logrado quebrar.

Los fines de semana, se despertaban un poco los lazos sociales que se adormecían con las rutinas que manejaban las semanas y separaban a los unos de los otros. A veces, de hecho, empezaban los jueves; y para los que eran como Audrey que trabajan los sábados, eso significaba dos días de resaca que se intensificada con el pasar del tiempo. La desagradable sensación pos-fiesta denominada gueule de bois habitaba en su aliento los viernes y los sábados, y resonaba su cabeza con los golpes de una migraña, a veces con náuseas. Esto era producto de hacer lo que más le gustaba, producto de ese afán por embriagar a su mente y a su cuerpo. Le permitía salir de la casilla en la que ella se había metido, sin realmente saber porqué, como pasa cuando sólo te dejas llevar por la impresión de lo que supone que hagás. Cuando salía, podía reír y aflojar su estricto apego a la desilusión.

Se perdía, a menudo, en la delgada línea entre el placer y el dolor. Pasaba el fin de semana, y se pronunciaba de nuevo la desesperación ahogada. Y dolía aún más cuando eran fines de semana con él o con ellos. Ambos lados de la moneda le hacían daño, tanto ser utilizada de nuevo por el que le mueve el piso pero no puede estar con ella, como desligarse de él en los brazos de otro, por el placer de ser deseada en sábanas teñidas por eau-de-toilette de él, su cuerpo petite trasladado por las manos de él, o de ellos. ¿Valdrá la pena vivir en los extremos? La douleur exquise es un ancla dolorosa, que a Audrey le pesa menos que la levedad de sus días.

Inspirado en "Déjà-Vu" - Gustavo Cerrati
Abril-mayo 2014 

20140505

Acuerdo de Alegría

Sobre la calle antigua que antes era de los dos, hoy conducía el auto destartalado que sonaba con cada hueco que le golpeaba las llantas. Invariablemente debía pasar por ahí, ya que las otras dos calles estaban cerradas por reparación. "Si supieran que ésta tiene peores condiciones, habrían comenzado por aquí" - pensaba mientras caía en un nuevo bache.

Para ella era más triste lo que esa calle guardaba que los golpes que su auto de lata sufría: en esa calle, a una orilla del triángulo central, estaba el parque donde iban hace diez años cuando él todavía existía.

Siendo esa la única vía alterna, debía armarse de paciencia e indiferencia cada mañana cuando al llegar al último semáforo y doblar a la derecha, aparecía ante sus ojos el primer árbol que tapaba el juego de columpios, la caja de arena para niños y la resbaladera donde una vez se golpeó las rodillas y tuvo un raspón durante dos semanas.

"Los recuerdos duelen más" - murmuró mientras buscaba alguna canción que le gustara en la radio local.

Sin darse cuenta disminuía la velocidad para disfrutar cada grada de piedra, cada arbolito nuevo, cada nueva flor que daba hacia la calle. Veía pasar desde el asiento de conductora todos los buenos momentos que ese parque y ese barrio le dejaron.

Recordó la primera vez que se sentaron en los columpios y platicaron sobre la vida... "par de estúpidos enamorados a los 20 años..." - pensaba mientras sonreía de oreja a oreja. De esa plática salió un acuerdo de alegría. Así le llamaron. No era noviazgo, ni intento de serlo. No fue un negocio de amor ni mucho menos un pacto. Fue un acuerdo de alegría. De estar más alegres y compartirse mientras estuvieran juntos.

Se sentaron descalzos a la orilla de la caja de arena para los más chicos. Con los pies, aplanaron como pudieron la arena que ya no era tan blanca por el paso del tiempo. Él tomó una ramita seca y escribió:

"Intentaré estar mejor por mí y por tí. Intentaré sonreír más por los dos. Intentaré compartirme en lo bueno y malo" y abajo firmaron con la misma rama.

Luego se levantaron, se sacudieron los pies y se fueron caminando a la casa de él que quedaba a la vuelta del parque. Se lavaron las manos y se sentaron a la mesa para cenar con la familia que los esperaba. Esa familia sustituta que tanto la quiso y que ella casi no ha vuelto a ver.

Circular por esa calle es un déjà vu. Es volver a sentirse descalza en la arena, abrazada en el columpio y golpeada en el cemento de la resbaladilla. Lo morado de ese golpe duró dos semanas, pero fingió dolor otras dos, porque sabía que él le ponía hielo y vendas cada día.

Desde que se fue, ella ha querido decirle que su acuerdo sigue intacto. Que intenta sonreír y ser mejor por ella y por lo que ya no pudo ser. Y que a pesar del dolor ante el amor que terminó sin querer, su simple recuerdo es una completa alegría.


20140504

"Deja Vu" - Gustavo Cerati




         “¿Crees en el amor a primera vista?” preguntaste con miedo de sonar estúpido. No, no es estupidez es solo que no creo en el amor a primera vista.

         Me encuentro atrapada en una imagen que no sé si es un sueño o realidad. La arena bajo mis pies y el olor salado del mar son demasiado reales. Tomo tu mano y miro en tus ojos la infinita claridad del agua, son un océano profundo de serenidad. Tu piel brilla como una extensión del sol y después de titubear por un segundo, descubro que es la sal la que le da sabor a tus besos.

         Si, te he visto antes en la lucidez de mis sueños, caminando hacia al Sur sobre amplias dunas mientras la blanca espuma se disuelve entre tus pies. Detrás de ti se abre el cielo en un azul inmenso. El sol brilla intacto creando sombras que juegan a atrapar la escurridiza arena que dejan nuestros pasos mientras gaviotas con peces en sus picos vuelan hacia lo más alto de aquellas montañas donde una habitación con enormes cortinas blancas se alzan como velas por las ventanas entreabiertas.

         El bronceado de tu piel, tu camisa celeste desabotonada y las gafas de sol sobre tu frente me inspiran libertad. Caminas a mi lado masticando un silencio eterno y me miras con esa serenidad infinita que la edad otorga mientras me distraigo trazando historias sobre las arenas del tiempo. 

         Si tan solo la edad fuera nuestra aliada, pero realidades como estas son solo un sueño, uno de esos que enamoran y se viven a través de la imaginación. Quisiera borrar el tiempo para encontrarnos de verdad y nunca disolvernos en las aguas del despertar pero nacimos para desaparecer, así como esas gaviotas, nacimos para volar.



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NGB.DA20140504. edited 20150424

20140429

Dedicatorias

Relato inspirado en la canción Deja Vu de Gustavo Cerati.
Por Flor Aragón


El libro verde, le llamamos, porque no encontramos otra forma más adecuada de nombrarlo. Lo encontramos en una de esas escenas simultáneas que solían atacarnos cuando menos lo esperábamos. Escenas repetidas de vidas anteriores o cosas que ya habíamos vivido antes o simples anticipaciones del inconsciente, saben, eso que normalmente solemos llamar deja vu.

El asunto es que los dos vivimos por separado la escena: el momento de andar deambulando por una librería equis de la ciudad y ver allí el libro verde, la novela por pocos conocidos, y sentir que ese momento, es instante infinito e ínfimo ya había pasado antes. En una vida anterior o lo que sea, como ya dijimos. Y los dos, por separado, como también ya dijimos, sacamos el libro del estante y lo compramos para regalárselo al otro. Como un hecho aislado e irrelavante, como esas cosas que se hacen porque en el instante tuvieron sentido. Y después ya no.

Los dos escribimos nuestras dedicatorias en la primera página en blanco, que, como ya sabemos, fueron hechas para escribir dedicatorias.Saben, esas cosas suelo pensarlas demasiado. Una dedicatoria es algo que queda allí escrito para siempre en una página que de alguna manera se va volviendo amarilla con el tiempo, en una página que de alguna manera va a ser leída varias veces, muchas veces en la historia, tu historia y la del libro o la historia del otro o la historia de la persona a la que algún día va a llegar el libro. Creo haberlo pensado por varios días. Semanas, si lo quieren contabilizar de esa manera. El tiempo se pasa volando mientras se piensa en la dedicatoria para un libro que va a llegar a las manos de alguien que alguna vez, dentro de diez o veinte o treinta años va a abrir la portada y viendo la tinta desgastada sobre el papel amarillento va a recordar el preciso segundo histórico en el que en medio de canciones de amor o algo parecido, pusiste el libro entre sus manos.

Un año pasa demasiado rápido, y duele, como cuando subrayas sin precisión eso que llaman nostalgia.

Y luego todo lo demás, saben, mi nombre y la fecha. Lo de rigor. Sí, bastante cursi, lo sabemos. Todos mis amigos mi tildaron siempre de cursi. Él no lo era tanto, no lo fue, no lo sigue siendo, me cuentan. Tenía esa forma tan particular, que siempre admiré tanto de él, de anular los sentimientos y las emociones. Como si de alguna forma las separaciones, por cortas o eternas que fueran, los dolores del color que quisieran pintarse, las dudas, e incluso el cariño, el rencor, el amor, el obvio de siempre; se pudieran tapar con solo el hecho de creer que no existían. No es que no los tuviera. Yo lo sé. Siempre lo supe. Es que simplemente los ocultaba de una manera tan estrepitosa, que a veces hasta dolía.

No sé si pensó mucho su dedicatoria. Cómo lo podría saber. Después de ese día no volvimos a vernos. No sé si se habrá dado cuenta de que eso, de que esas palabras iban a quedar grabadas allí para siempre. Sí sabemos que no era cursi, que el tiempo no se le iba en melodramas de ese tipo. No sabemos si habrá pensado que en el momento que íbamos a darnos los libros verdes con las dedicatorias se cumplía un año de que nos habíamos besado por primera vez en una noche demasiado surreal para contarla aquí. No sabemos. Nadie podría saberlo.

Te compré esto movido por un Deja Vu, la frase más gastada del francés.

Sin nombre y sin fecha. Como todos los recuerdos que se han ido borrando con la nostalgia. 

"Magic" - Coldplay




        
        Hay algo sorprendente sobre el desierto: esa expansión mágica de vacío donde la arena, el aire y el sol reclaman sus dominios jugando todo el día a crear remolinos gigantes que llegan a todas partes del mundo en sutiles brisas llenas de arena. Hay algo que embruja en ese espacio moldeable donde la arena, el aire y sol juegan a ser escultores y darle minuto a minuto una forma diferente a las dunas. De algún lugar dentro de mí, surge el deseo de formar parte de ese juego, quizás como agua, quizás como plantas, quizás como luna; una parte de mí quiere de alguna forma inmortalizarse junto a esas arenas que parecen poder con todo, esas arenas que parecen tragarse todo sin dejar rastro alguno.

        Pero lo que realmente me intriga no son los remolinos gigantes, ni las habilidades de escultor del viento, ni el poder ilusorio del sol que lleva a los hombres a ver cosas donde no las hay; admiro que el viento sea un verdadero escultor abstracto y sensual y que el sol sea el maestro ilusionista por excelencia, pero no son más que trucos muy bien logrados e inteligentes. No, lo que realmente me intriga es la arena: el poder infinito del minúsculo grano de arena. Lo realmente mágico y aterrador de todo no son los espejismos, no son los remolinos: es la forma invisible en la que grano tras grano se forma un inmenso paisaje árido. Es ese grano de arena inquieto que nunca se queda en el mismo lugar y que constantemente cambia el paisaje de forma imperceptible y sin aviso lo que captura mi atención.

        Día tras noche y noche tras día,  con la paciencia inmutable de aquellos que no conocen el tiempo, los granos de arena se dejan  llevar por el viento, tejiendo nuevos surcos, disolviendo y creando nuevas dunas, pero sobre todo, disolviendo los caminos tercos trazados por los hombres. Esos hombres quienes en su obsesión de medirlo todo, inventan medir los días y las noches encerrándolos en transparente cristal, creando la idea del tiempo en su afán de recordar momentos y eventos. Lo sorprendente es que a pesar de su encierro, desafíante como quien no tiene nada que perder ni que ganar, la arena se va de lado a otro, de arriba para abajo, con la constancia de un prisionero perpetuo, jugando sienciosamente con el sol y con la luna a dictar el paso del tiempo: juntos se divierten confundiendo las memorias y desvaneciendo los recuerdos mientras inmutablemente observan el paso de los hombres. ¿Quién imaginaría que un prisionero sería el perfecto dictador?

        De todas, esa me parece que es la mejor travesura: la habilidad invisible de desvanacerse en el tiempo. El único juego del cuál formo parte también, dejando rastro alguno.

—
NGB. DA20140429

20140427

Intangible

- Ahí vete.
- Pues, sí. De aquí a tres años… quizás, sí, ¿veá?

Ese “ahí vete” fue como una propuesta de convivencia; y ese “pues sí” un sí, sincero, lleno de la comodidad que comparten desde que se conocieron. Ese es su universo intangible, lo que ella le describía a sus amigas quienes querían saber, antes, con quién estaba saliendo tan poco tiempo después de haber cortado. ¿Qué pasó?

Pasó que estaba siendo ella misma, por primera vez en meses, ya que los meses de su noviazgo habían casi ahogado su voz, perdida entre las peleas y el mal humor. La química, a veces, da para justo la superficie necesaria sobre la cual vienen a instalarse teatros con fecha de vencimiento, obras que no paran hasta que la dramaturga se da cuenta que no existía la conexión necesaria para que la relación perdure al son de las promesas iniciales. Sí, tosía con su nariz llena de mocos por que lloró su ruptura, segura de que había dejado ir algo que no quería más, y que no quería que regresara. ¿Cómo puede sentirse uno tan bien con tantos aspectos de su vida y a la vez tan mal por haber cortado? El desapego, digo yo, dejar ir las cosas y el esfuerzo que requiere perdonarse por haber aguantado y soportado aquel amor o desamor que no nos merecemos. “No, no, estoy segura, y voy a estar bien”. Y aunque creyeran los demás que sólo es cuetión de tiempo, que va amanecer muerta de la risa en los brazos de alguien, con recuerdos borrosos... el plan nunca fue evadir el dolor, ni buscar cómo llenar vacíos pues no había sentimiento de soledad…Además, ¿qué tal si su juicio regresa, después de la borrachera, y se encuentra en los brazos de alguien con quién no quiere estar? Más era el anhelo por estar bien con ella misma, de nuevo; como ese estado en el que se encontró el sábado en la noche en Antigua, Guatemala, pendiente sólo de ella y de qué quería tomar o con quién quería hablar.

El domingo se despertó con él, aún con las conversaciones que la acompañaron a la cama frescas, los audífonos tirados a la par de cuando escucharon música en la madrugada. Confunde a los sentidos las situaciones sin precedentes. “Un verdadero click con alguien”, según él; y ella, sorprendida de que por primera vez en quién-sabe-cuánto, está con alguien que no era su ex, sintiéndose completamente cómoda, sin desear estar en otro lado. Y no había que hacerse preguntas acerca de la naturalidad con la que interactuaban, acerca de los matices que se formaban conforme iban tejiendo lazos. No hay que darle mucho pensamiento cuando te sorprende lo feliz que estás y lo bien que esta persona, que no sabes adónde van ni qué día van a dejar de querer lo mismo, te hace.

Es tangible en los rostros y en los gestos, y a la vez intangible, pues sucede entre ellos. Nadie va a entenderlo, pues no se trata de nadie más. No se supone que entendamos aquello que es ajeno como la dinámica entre dos personas, que ellas sí se entienden.

Reencuentro

Relato basado en Deja Vu, de Gustavo Cerati


Despertó aquella mañana, se sintió tristemente bella... estaba sola y solo su gato pudo ser testigo de su cabello alborotado, alborotado justo como a él le gustaba verla. Lo recordó en los amaneceres compartidos. Lo extrañó mucho. Dejó que su gato la acariciara para darse cuenta que aún vivía. Pensó en todo lo que tenía que hacer. Tomó impulso para levantarse.

Puso los pies en el piso frío. El gato la acompañó en cada vuelta que dio en su casa, limpió la caja de arena de la mascota, sacó la basura, cocinó el desayuno, tomó su primera taza de café mientras revisaba sus correos y pineaba alguna imagen en Pinterest... se fue a dar un baño.

Escogió el vestido que tanto le gustaba a él verle puesto, era un día especial, tenía un encargo que le dejaría una buena cantidad de dinero para sus gastos... pagar la casa, la refri que aún debía en un almacén, los recibos, las vacunas para el gatito... el café que se tomaba una vez al mes con las amigas, en fin... esa vida que nos exige tener dinero hasta para lo más mínimo.

Mientras acomodaba los artefactos para realizar su trabajo recordó cuando conoció a Mario, ambos eran buenos en su profesión, claro él tenía más experiencia y le enseñó nuevas "mañas" a ella para hacer el trabajo más limpio y rápido. Aún le dolía su ausencia. Extrañaba que le dijera que se veía hermosa enfundada en aquel vestido de lunares amarillos. Pensó en el aroma que lo envolvía justo cuando acarició el gatillo.

Salió de casa en un día común y corriente. El cliente esperaba... debía presentar resultados aquella misma tarde. Era limpia y rápida en su trabajo gracias al hombre que la formó. Ser asesina a sueldo era lo único que podía ser, con cada muerte daba muerte a su luto.

Tomó posición, su rifle de precisión listo... se escuchó el golpe de la pólvora en el casquillo de la bala.

... Despertó aquella mañana, se sintió tristemente bella... estaba sola y solo su gato pudo ser testigo de su cabello alborotado, alborotado justo como a él le gustaba verla. Lo recordó en los amaneceres compartidos. Lo extrañó mucho. Dejó que su gato la acariciara para darse cuenta que aún vivía. Pensó en todo lo que tenía que hacer. Tomó impulso para levantarse... "el cliente espera" pensó mientras puso los pies en el piso frío. La esperaba un vestido a lunares amarillos...

Ecos de antes rebotando en la quietud


¿Cuántas veces hemos estado en lugares por primera vez, pero que nos resultan extrañamente familiares? ¿Cuántos nos hemos visto en medio de escenas que reconocemos de algún recuerdo imposible, de un sueño? Olores, sabores, colores, imágenes, reflejos de lo nunca antes vivido y, aún así, aparentemente, ya visto.
Los franceses le llaman "déjà vu", "ya visto", a este tipo de experiencias. Y este término es también el título de la canción en la que nos inspiraremos para escribir esta semana.

"Déjà vu", una de las más bellas canciones del álbum "Fuerza natural", del genio Gustavo Cerati, alborota nuestra imaginación y dará lugar a los relatos que publicamos desde hoy. Esperamos que los disfruten.  

20140417

Caminando





"Somos inmensamente ricos", decía el Tío Ramón.
(Isabel Allende, El Plan Infinito)


Relato inspirado por: "Magic" de Coldplay

Verán, no me fue fácil llegar a ser la mujer más afortunada sobre la tierra. Fue una hilera constante de cartas de amor, algunas flores y mucho esfuerzo: desvelos, sudor, ojos abiertos para saber qué importa y qué no. Hubo lágrimas, hubo cóleras y también amargura. Todo lo de esos años, en un instante, se convirtió en mi mayor tesoro, lleno no sólo de joyas, sino de mucho más que eso, de cosas que nadie me podría regalar ni que vender. 

Decía mi abuela que no hay árbol que dé frutos si no ha sido regado con lágrimas de tristeza y alegría y ahora ... veo que tenía razón. 

El día que me reveló mi enorme riqueza comenzó con silencio. Había una bruma deliciosa en el aire, soplaba una brisa fría y las calles estaban vacías. Me pregunté dónde estaban todas esas personas que llenan las aceras con sus canastos, su humo y sus cigarros. No habían muchas. Seguí caminando, sonriendo mientras oía a los pájaros cantar. Las nubes seguían moviéndose con su pereza de algodón y llovían rayos de sol en hilos de oro sobre mi cabeza. 

En la esquina, un anciano se reía mientras veía a una niña intentando caminar. Tenía la cara sucia y hablaba en su media lengua, furiosa por no poder mantener el paso. Volvió a soplar el viento y flores de maquilishuat cayeron. Era la niña la que reía después. Cantaban las chicharras.

Seguí caminando. El redondel, con su ceiba enorme al centro, brillaba de verdor. Pasó un bus con su pachangón y bajó una señora con su delantal de revuelos y su canasto. Armó su puesto de venta de galletas, chucherías. Pasé y le compré unos chicles. Me sonrió mientras le preguntaba si estaba allí todos los días. Dijo que sí, porque siempre allí pasaba gente que le comprara, así que gracias a Dios tenía un buen rato de estar vendiendo en la misma plaza.

El sol, perezoso, comenzaba a ocultarse. Llegué a casa y abrí la puerta rumbo al jardín. Estaban allí el macetero con la menta, la tortuga patoja, el gengibre tierroso, los helechos, el palo de mango con su sombra generosa y el papachús de yeso en el muro. Estaban allí también ustedes, dándome la bienvenida, uno con palabras y risas; y la otra con una sonrisa y manitas llenas de hojas. 

Fue entonces que supe: las flores de maquilishuat, las risas, el sol, el canasto, el pachangón, la lluvia de luz, esas nubes de algodón y el verdor eran todos míos. Míos eran los años para disfrutarlos a todos y a ustedes, amores. Nadie más que yo tiene eso. Y eso, queridos míos, me hace la mujer más afortunada sobre la tierra. 

20140416

Los chocolates

Relato basado en "Magic" de Coldplay

Gerardo es un cipote cualquiera, es hermano de otros cipotes, está en esa edad en la que no se es niño, ni adulto, aunque le falta poco para llegar a los 20, pareciera que está instalado cómodamente en una adolescencia placentera y sin preocupaciones. Gerardo tiene un papá... vive con él... también tiene una mamá. De ella no habla mucho. 

Gerardo estudia, no sabe para qué, pero sabe que tiene que estudiar... o trabajar... no está muy seguro de muchas cosas, ve su entorno y aunque no vive donde asustan, bien sabe que nadie está seguro en un país como este. Gerardo piensa mucho, mucho más de lo que en realidad sospechamos. 

Gerardo tiene una salud de hierro, huesos largos y aunque es flaco, se nota que es fuerte, jamás ha sacado esa fuerza... es una especie de virginidad rara en los hombres, jamás se ha defendido a trompones, sabe que ganaría a varios. Pero él es así... tranquilo, así dicen sus hermanas. Gerardo las ve de reojo y sabe perfectamente que podría dar de trompones a más de algún patán si les hiciera daño. Jamás lo ha dicho. Solo lo sabe. 

Gerardo, para terminar, está enamorado. Ella tiene dos años menos que él y aún no comprende qué es lo que tanto le llama la atención, no es una cipota bella, es simplemente que lleva con elegancia una tristeza que ni él mismo entiende. Gerardo que es tan serio le dan ganas de sonreír cuando ve que un mensaje de ella ha llegado a su celular. Gerardo sabe que ya se jodió. 

Un día leyó que el chocolate aleja las penas. Es tan tímido el pobre, que jamás le ha preguntado a la muchacha que tanto le gusta por qué llora, por qué siempre está triste, por qué le cuesta tanto respirar. Pensó que era buena idea darle un chocolate. Gerardo nunca la ha besado, solo se imagina el sabor del chocolate en sus labios y algo mágico lo hace estremecer. 

Como buen hijo de dominio, no tiene mucha plata, ahorra cada centavo que puede del pasaje del bus, no compra cigarros las siguientes dos semanas, esos que fuma a escondidas de su papá, pone poquito saldo en el cel, solo para alguna llamada ocasional a ella... no falta mucho para llegar al objetivo. Toma valor un día y le pide los $5 que le faltan a su papá y él se los da. 

Al día siguiente, al regreso del instituto pasa a metro, se mete a Shaw's, escoge primorosamente los chocolates que le parecen los mejores, la señorita que lo atiende va poniendo cada bolita negra en una caja dorada. Gerardo supervisa con la mirada inquisitiva el viaje de cada chocolate al nuevo aposento. Le parece que ella se merece los mejores chocolates. En realidad no sabe si le gustarán, ni siquiera le ha preguntado eso. Muchas cosas no le ha preguntado, porque en realidad más que preguntas, lo que tiene él para ella son nubes, música y tonteras para reís... aunque él sea el "serio" de su familia. Sabe que algo cambió la vez que ella se detuvo en la parada de buses en la entrada de su pasaje y le dijo "hola", cuando él en el acto más valiente de su vida le dijo un "buenos días" desabrido.Un par de encuentros en la parada de buses y se intercambiaron los números telefónicos

Gerardo está sentado en la acera, lentamente se come uno a uno los chocolates que le ha comprado. No llora, es raro eso de llorar, más a su edad, pero aún así no puede ignorar la bárbara herida que siente en el pecho. Todo, como todo amor de adolescencia, ha terminado demasidado rápido. 

Aquella tarde se puso su mejor camisa, se perfumó... por supuesto con el perfume de su papá... y agarró la caja de chocolates, la llevaba con la delicadeza con la que se carga a un gatito, con la rudeza de llevar un arma certera.

Ella no estaba. La casa estaba deshabitada, su teléfono suena y suena y no es contestado. Ha desaparecido. Gerardo no comprende qué ha sucedido. Ella no contesta su teléfono

Gerardo lo sabe, está jodido. A Gerardo, no le gustan los chocolates.